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How much difference does it make?

Demasiada. Poca. Da igual. Acababa de salir a ejercitarme por un enorme prado de aquella tierra silvestre y sedentaria. Y reflexioné, en soledad, – como Murakami – sobre aquello de lo que debería hablar cuando salgo a correr. Y doy gracias a que no me salió nada coherente. Aparentemente solo, aunque con múltiples personas en mi cabeza, ¿con cuáles de mis ‘yo’ tenía que dialogar? Estupideces. Empecé a correr. Sin más. Las cosas como son, aquel día no esperaba hacer amigos.

Marqué un ritmo intenso para conseguir la mayor capacidad de destrucción de colesterol en mi sangre. Curioso es que me preocupase más, en ese momento, que la que riega el cerebro. De repente, encontré unas verjas que me obligaron a entender que aquel prado ilimitado no era tal. Era un campo de entrenamiento hecho a base de césped, muy cómodo para correr por cierto. Para mi actividad sería un hecho circunstancial y pasajero. Además, cabía la posibilidad a muchos kilómetros de buscar otro paraíso como ese si acababa desagradándome. Di una vuelta. Di dos vueltas. Di tres vueltas. Di cuatro vueltas. Y entonces lo vi todo claro.

Pasados veinte minutos estaba en la vivienda de la que partí a hacer deporte. Supe que correr ya no era suficiente. Aunque me resistía a creer en la prudencia de mis pensamientos. De verdad, ¿podían cambiar tanto las cosas? Una vez se instala la idea en algún lugar oscuro, no hay magia que la haga desaparecer. No hay razones. Quizá las haya. Pero no son las razones. Quizá. Lo bueno de todo esto es haber conseguido aislar el deporte del pensamiento. Quizá.

Pero, ¿cuánta diferencia supone?

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Pero toca salir

 

Hay que estar muy loco para llamar “pasear” a andar durante una hora por estas calles. Por esta ciudad. Sin rumbo. Sin destino. Sin saber lo larga que es esa – esta – hora. Y peor aún, buscando un motivo para hacerlo. Cuando la verdad es que sabes que no lo hay. Pero toca salir.

Anochece muy temprano y yo por más que lo intente no creo que me acostumbre a sentir la luna palpitándome en el pecho todas las noches. La iluminación de las calles no ayuda en absoluto. Todo era distinto antes de la crisis. Ahora los gobernantes han decidido dotarla de menos recursos para así dar muestras de su bipolaridad aparente. Unas sí, unas no. Luces encendidas. Luces apagadas. Aunque a veces en según qué barrios, todas no. Pero toca salir.

Suelo parar a tomar un café. Intento leer alguno de los libros que siempre quiero terminar. Hoy viene Bolaño. Hago lo indecible por concentrarme y disfrutar de esta velada romántica. Leo la misma puñetera página cuatro veces. Mejor lo dejo. Saco un cigarro y, por fin, siento que respiro. Luego otra vez sigo hacia adelante. Veo a tipos que corren por estas cuestas como si le fuera la vida en ello. No siento envidia. Empiezo a sentir unos deseos incontrolables por volver a casa. Pero toca salir.

La ciudad es realmente maravillosa. Bien organizada. Es agradable. Es mi personalidad la que es agria. Ahora sí. Justo en pleno Chinatown, comienzan a emerger mis auténticos pensamientos. Los más sinceros. “Por favor, póngame unos noodles. Gracias. No ponga picante.”. Otra vez vuelvo a coger el autobús de regreso con la comida en la mano. Otra vez la misma pregunta.

¿Por qué toca salir?

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Never late

‘What on earth are you doing in my garden?’ Paul was so surprised by the voice and he nearly lost his balance and fell into the hole. Samantha looked round in astonishment and felt her stomach tighten. The man was standing 10 metres from themselves.

The situation became dangerous. They could not explain him the truth. The man would not have understood what was happening.

It would be hard to believe a story which involves digging a hole with a spade on your own garden. They had not known how to do it anyway. At least until they would have realised what was inside that box.
‘Samantha, run! Come on! Go! Go! Go! Move!’ They ran so quickly. The owner seemed to be very old so he could not ever dreamed of catching them. It was a good luck stick – for once in their lives.
They drove the car at least fifty miles away from that dramatical place where Paul had lived 20 years ago. Long-forgotten memories came back to him while he was driving. Moreover, his childhood was marked by unhappy events which ocurred there.
Paul stopped the car in a service area. ‘My father told me to dig the hole and to be extremely careful’ said Paul. His father had died 2 days ago and those had been his last words. As a precaution, they looked around. They had picked-up a box in the garden and they were aware of a possible danger. There was nobody outside. No lights. No cars. Just the two. Then, he opened the box. Inmediately, he recognised his father’s handwriting and the message:
‘I’m sorry’
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Así es la vida

Deben pensar que es contradictorio lo de prepararse para un crimen y escuchar a Frank Sinatra. Igual escuchar a Tom Waits, Nirvana o alguien que transmita más negatividad es lo apropiado para la mayoría de los asesinatos. La música apropiada es ésta. Y no porel historial delictivo de Francis Albert o sus consabidas relaciones con la mafia. Eso me la resbala. Frank sigue perdurando a través del tiempo y me regaló su voz cuando trató de advertirme que las mujeres, sin excepción, son unas malditas busconas, que Nueva York es parte de todos nosotros, aún no habiendo estado jamás. Es el aperitivo perfecto para equilibrar las balanzas. Es el Martini con aceituna en las fiestas de la antigua Roma de los años sesenta. Sinatra es la paz que necesito para quitar de mi vista a la última que me va a hacer daño. Y echo de menos estar tranquilo

.Me gustaría ponerme sombrero, llevar un bonito traje, una buena pitillera, una enigmática sonrisa y con ello demostrar el talento que tengo como orador. Pero el siglo ventiuno ha conseguido que me avergüence de mi mismo. Después de cincuenta años este aspecto se ha tornado en un miserable disfraz. En una caricatura. ‘Vintage’. Así lo llaman. Este mundo moderno se ha cepillado a todo lo que valía la pena y a mí me he deshecho en una escoria. Basta con unos cuantos músculos, un peinado hortera y unos cuantos gritos sin chispa. Poco más. Lo único que puede convivir con todo esto es lo imperdurable. Lo irrenunciable. Frank Sinatra.

Ella me hizo sentir un hombre distinto. Como todas al principio. Hoy ella va a sentir lo que es final. Y esta vez sí. Será a mi manera.

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Me basta sólo con mirar

Estoy harto de leer. Hoy me he decidido a pasar al otro lado con el propósito de no asombrar ni la de diseñar una maraña complicada de dobles o triples sentidos. Mejor, ninguno. Esa es toda la caridad que me puedo exigir.

Me encontraba tumbado contemplando un espantoso submundo ajeno: restos de copas, de botellas a medio acabar, colillas por todas partes, ropa por el suelo, platos sin fregar. No había nada positivo, exceptuando la soledad. Que se había mutado de colores tal y cómo lo hacía el olor de toda esa inmundicia con el transcurso de las horas. Eso era. No era una soledad tal y como se entiende de verdad. Al instante noté un suave mordisqueo en mi brazo. Primeros recuerdos. Anoche, con copas de más (más bien de menos) me instaron cortésmente a echar un polvo. Y, cuando se tramita estos asuntos con tanto respeto y cordialidad, se tiende a cobrar el acto mediante chispazos de deshonestidad con tantos fallidos amagos. Es así como no conseguí regalar coito alguno. Segundos recuerdos. Creé un holograma mental de la chica. Miré de reojo. “¡Joder!”. De nuevo movimientos y ahora además balbuceos. Tuve que ser más sigiloso, no debía despertarse del todo. Tercer recuerdo. Éste más lejano pero acertado de un gran amigo: “Hay que dejar siempre una puerta abierta en todas las situaciones conflictivas… para poder huir”. Sin duda, preferiría estar en un hospital recibiendo asistencia por alcoholismo. Que es lo que muchas veces pienso que debería haber hecho.

Es así como resolví el acertijo. Estaba en un estudio de mierda. Jaulas del nuevo siglo: cocina, salón, dormitorio y basura integrada en un mismo todo. Además, que la palabra no le va a la zaga, “estudio”. ¿Quién puede estudiar en un sitio destrozado por una noche de sábado y con una chica con tan poca suerte? El clima invitaba a buscar el desayuno en cualquier otra parte. Aún así, le eché valor a la situación y, con maniobras de escapismo, dignas de Houdini, salí de la cama. Hacía calor, creo que todavía podía sudar más alcohol. Pensé en algo frío, fresco. Abrí el frigorífico. Vacío. Así que, pasadas las doce, hice lo más conveniente. Ella se despertó y no tuve más remedio. Primero un beso de amor más falso que el que se dan los novios en las bodas. Luego pregunté a mi amor cómo se encontraba.

Últimos recuerdos. Era mi novia. Era mi casa. Anoche hicimos dos años.

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Atentamente, se despide (y II)

Beber no me hacía sentir especial echando un vistazo al resto. No obstante, no pude evitar el aturdimiento provocado por un leve desajuste que rondaba en lasentrañas de mi otro yo; aunque no transcendió en los otros camaradas de la (mi) barra.A fin de cuentas, no reunía tampoco un perfil ni unos condicionantes que me distingan del teatro del mundo. Era uno más: Enrique, Andrés, Pedro,… podría seguir dando más nombres inventados. No estás llamando la atención ni haciendo saltar las alarmas ni nadie se escandalizará por ser una réplica, una clonación de idénticos como tú cuando se trata de acudir al templo a degenerarse con el alcohol. Es lo bueno de esta afición: aquí somos todos iguales y fieles corderitos que rara vez nos causamos molestias entre nosotros. En cambio, en mi mismo, ser un cordero y, a la vez, un lobo es bien fácil. Y muy peligroso. Claro, que tampoco pienso habitualmente en lo genial o canalla de mi alma; pero viéndolo desde la perspectiva de un hombre que se ha soplado tres pintas, pues todo se sobredimensiona. Y yo, pues no sé, tampoco tenía claro deducir si era un lobo o no, únicamente me veía como un tipo extraordinario que habíasido liquidado por hacer demasiado bien su trabajo, por envidias, y que no le faltarían ofertas al salir de este bar. No sé por qué tengo la extraña manía de resolver los problemas de todos los mundos en ese bar o discutir idioteces: que si prefiero tirarme a una mujer o beber, que es normal, que si la gente es especial, si yo lo era, si tenía agallas suficientes para salir del paso o si podía controlar mis dos personalidades. Aunque ya me eché a temblar cuando contemplé como el camarero me acercaba una pinta más.

Enrique fue reemplazado por otro gran amigo, llamémosle Eduardo. Este se largó para dejar paso a Antonio. De ahí, me sumergí en el mundo de Alfonso. Y al final, todos acabaron cediendo para delegar mi compañía en el camarero. Supongo que la hora de cierre del bar, siendo lunes, y el hecho de tener familia esperando en casa es más importante que entretenerse con tu mejor amigo. Ellos sabrán. Este señor sí que es un amigo, de verdad, fiel. Leal a su trabajo porque ya empezaba a sugerir que debía haber abandonado aquel lugar, su casa, y algo más que no entendí muy bien. Añadió: “Ya es hora de que rehagas tu vida”. ¿Qué quiso decir? ¿Tendría que destruirme y volver a crearme? Es fabuloso lo que es capaz de afirmar la gente cuando se toma unas copas de más. Siendo camarero, imagino que no habría perdido el tiempo. Además, había llegado antes que yo, así que el cálculo en número sería altamente desorbitado.

Sin embargo, creo que la última pinta ya me estaba doliendo demasiado y comenzó a resurgir una fauna especial en mi organismo. El cazador furtivo, tras aguardar durante un tiempo precioso a que su presa mostrase debilidad, atacó en su momento preciso. Empezaron las primeras conclusiones: no estaba bien. Aquello no fue justo, ahora no tenía a donde acudir: ni amigos ni familia con ganas de oír más: “Lo siento, ya no os tendré que pedir perdón nunca más”. No merecí recibir una carta, después de tantos años. Hubiera sido más elegante en persona. No se podía dejar en la estacada a un veterano. Un hombre que se ha dejado la piel y la sangre por esa empresa. Con sus defectos, pero con unas virtudes que han enriquecido a todos ellos y los han lucrado de buenos dineros y coches de lujo. Se aprovecharon. Me desvalijaron. Me han deshecho la vida, otra vez. Me las pagarán. ¿Cómo? No me quedaban fuerzas para empujar y levantarme. Esta era mi última vida. Encima, no contentos con eso, me mutilaron con unas formas impropias de la condición humana. No había sido capaz de descifrar las claves de la normalidad, pero sí logré entender el significado completo y la representación gráfica de la humanidad. No puede haber algo más indigno que me cesen recibiendo un simple: “Atentamente, se despide.”

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Atentamente, se despide (I)

No me arrugué. Al menos me acogió y dio asilo apocalíptico este bar. De esos llamados “irlandés”, únicamente por el intento de copia exacta de la decoración como la de cualquier puesto dublinés. Es como todos los bares de copas de la zona, pero con la exquisitez de ser un transplante de un trozo de otras tierras sin su pueblo. Sin más. Sí, tiene televisores enormes en todas partes, cuadros de las mayores leyendas y menos conocidas del boxeo, supongo que por eso lo son, y alcohol de todos los tipos y marcas: cerveza negra, copas… A mí todo eso me da lo mismo. Hubiera ido a este o al de enfrente. Lo cierto es que ni sé por qué entré ni para qué. A corromperme, en todos los casos. ¡Qué fácil es vivir en el engaño y disimular razones para tomar decisiones! No sería ni la primera ni la última, aunque eso nunca lo sabré.

Acabé (empecé) sentado en la barra viendo algún deporte de otra cultura inusual para mí con la admiración del inculto sorprendido y sonriendo a una rubia, a la primera que se me cruzó. Emprendí mi conquista guiñándole el ojo, admirando su silueta y codiciando con una voracidad desenfrenada poseerla con mis caricias. Lástima que la rubia sea tan sólo una cerveza. Al fin y al cabo, mi camarada Enrique ya dijo que teníamos lo que nos merecíamos, sin más vueltas. Le creo porque no le falta razón y, además, tenemos una amistad sobradamente consolidada de rebosante vigencia: hace dos pintas que lo conozco. Bueno, sí, claro, le comenté en qué consistían mis preferencias en condiciones normales, una rubia de verdad, una mujer, aunque no establecimos ningún punto común para la definición de normalidad y de ahí nos costó avanzar en la conversación. Nos atrancamos. Ese eufemismo cuya palabra, como combinación de letras e incluso como significado, no tiene culpa alguna de que no tenga correspondencia con el mundo conocido como real, sin patrones que rijan lo genérico de lo que es cotidiano, natural, habitual: “Eso es lo normal”, “Es un tío bastante normal”, “Mi vida no es normal”… Finalmente, sin acuerdo en ese punto, sí que sospechábamos estar ante una ocasión de ese tipo. Este día me tocó parte de lo que realmente merecía y, por ello, tenía una de las espumosas (sin metáforas).

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Postdata

Efímero y desinformados. Aún mantenía en el rostro granos provistos de incertidumbre, del desconocimiento, los naturales para chicos que se desarrollan más tarde y los antinaturales para los que sus angustias maltratan al miedo y violan con ferocidad sus nervios. No es que fuera una losa enorme, es que no teníamos ni idea. Porque sí, charlamos en exceso de afrontar todo lo que se nos suponía iba a venir encima, de cómo sería, incluso conspiramos sobre ello mil veces. Permaneceríamos dando vueltas como agujas de reloj para repetir y repetir (y repetir) el uno, el dos, el tres… (hasta doce) las indulgentes emociones. Por fin, habíamos logrado adquirir bellos recuerdos agitados con exquisitas mentiras y este proceso, este trastorno, derramaría como cenizas nuestros anhelos de Cenicienta.

Llegó el hipotecado día del adiós. No se presentó nadie a despacharnos. Tan sólo vino el día. Él sí, no faltó. Para despedirse para siempre.

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El conserje de noche

Esta es una historia que se escribe en los portales.

Me ganaba bien la vida como conserje de un portal de un barrio céntrico de la capital. Ya despunto con el primer exceso. Mejor dicho, era suficiente para subsistir y mis ratos de faena no resultaban mal del todo. Claro que trabajar de noche es desagradable para aquellos que les gusta vivir. Para mí estaba bien, la soledad era un aliciente para, cuando llegase el momento, poder disfrutar de la compañía. Aún faltaba para eso, o no cristalizaba, pero no desesperaba: el día más inesperado se presentaría.
Es lo que tiene vivir y afanar de las novedades. Después de veinte minutos paseando con linternas en los garajes, escuchando maullar gatos, recogiendo alguna rata, siempre con el respeto a que surja cualquier cosa, o esperando sentado a que ocurra algo, se agradece que aparezca alguien por la puerta… aunque vengan más borrachos que un piojo. O aunque sea para reprochar el vecino más desconfiado con miradas de recelo que estás toda la noche leyendo o escuchando música sin dar palo al agua. A nadie le gusta confirmar que a veces no es tan eficiente en su trabajo como de él se espera. Es cierto, pero qué quieren que les diga, pensemos en un lunes a las tres de la mañana o las cuatro. Se hace tan aburrido a veces que no me queda otra que distraerme leyendo. O como hoy, para escribir.
Hace tres sábados tuve la suerte de no tener que recurrir a mi propia medicina para pasar el tiempo. Llegaron dos chicas de no más de treinta años. Eran las cinco o las seis de la madrugada. Iban cantando como locas y por supuesto llevaban encima una cogorza enorme. A una la conocía bien, era la hija del dentista que vive en el bloque diez. Pero a la otra ya me habría gustado haberla conocido antes. Era guapísima, y créanme que cuando hablo de mujeres suelo ser más grosero y no me corto, pero con ella no me salía más que esta cursi excepción. ¡Dios mío! ¡Es cierto, era guapísima!
Conseguí acariciarla desde la barbilla hasta las primeras raíces de su pelo. Incluso le agarré la espalda y los muslos. Las obligaciones de vigilante pasan que si alguien se pega un “talegazo” y no puede ponerse en pié la acompañes a su residencia. Aún así, no le perdí la vista en ningún momento. Ahí la dejé en la puerta confiando en que la amiga tirase de ella. Y volví a mi puesto.
La suerte es una ramera de primera calidad.
A Quique González.
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No se esfuma

Otra vez ha vuelto a pasar. Esta vez no se esfuma de mi cabeza esa mirada que me tendió el siguiente en la fila de la caja rápida del supermercado. Demasiado rápida. No transmitía apenas desprecio, lástima, sorpresa o algún atributo acorde a la situación como se podía aguardar. Sólo se clavó sin expresión sobre mí y lo llevo encajado como el rostro que me acecha en el espejo. Gasto un antifaz con su cara, desde el mismo instante, que no me permite respirar por la presión de sus cuerdas ni puedo desprenderme de él.
Aparentemente, no iba con él este incidente sobre todo cuando estábamos en la cola, esperando el turno. Con sus auriculares, sus tres o cuatro productos que no daban para más de una cena y, ni estirando mucho, para más personas que su ombligo. Sus champiñones laminados. Se apercibía que era un tipo que vivía al día y que no le importaba mucho lo que podía ocurrir mañana. Seguramente no quiera saberlo, o mejor aún, ni lo necesite. Tiene las constantes vitales que nosotros no tenemos que sí precisamos esa información. No es fácil aclarar, en los tiempos que corren, que ambicionemos más el hecho de estar vivos que a la vida en sí.

Ya le tocaba a mi madre sacar el monedero. Mis hermanos jugaban. El más pequeño desde el carrito de bebé. Y yo guardando las bolsas cuando el chico de la caja encendió la mecha para explotar la dinamita.

- Señora, ¿me permite revisar un segundo el carrito?
- ¿Cómo?
- Sí, es que creo que he visto algo – el joven se acercó y localizó unos cuantos botes de comida de bebé dentro.
- Perdone. Han debido de ser los niños jugando. No lo sabía de verdad. No lo sabía.
- Un segundo, no se mueva. Espere que tengo que llamar.
- Pero, yo no lo sabía… Los niños jugando. Ya sabe…

Y mientras yo estaba de frente al incidente, observando nada más que mis bolsas. Antes sentía vergüenza, miedo y un pánico a la altura de la penosa situación. Pero eso ya pasó. Bastaba con permanecer quieto en un punto fijo y proseguir. Con la costumbre olvidas todo eso que te parece un horror. Así que con la tranquilidad asumida de lo normal de la acción, cometí la torpeza de distraer mis ojos hacia el chaval. Y ya os digo, esta vez, esta vez, no se esfuma de mi cabeza esa mirada.

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